viernes, 28 de abril de 2017

La máquina de hacer punto de abuela.

 De las historias que se han contado en casa, las que más me han fascinado siempre han sido las que recordaban cómo se habían hecho ciertas labores. Abuela Nati siempre estaba haciendo alguna. Nos dejó en herencia que cuando se terminaba algún trabajo había que rezar el "Bendito y Alabado". Se lo he visto hacer a mi Madre mil veces, y yo también lo hago, mientras observo mi obra con satifacción. Abuela tenía una habilidad especial para transformar telas e hilos. Le daba la vuelta a un traje de chaqueta de caballero y se hacía una chaqueta y falda para ella, con un corte que ni soñarían las modistas de la época. Y no sólo cosía, sus bordados eran dignos de museo. Obtenía las telas del lugar más insólito, como aquel mantel bordado a partir de la manga que medía el viento en el aeropuerto de Córdoba. Del dibujo a bordar se encargó Natita, convertida hoy en Tía Mari Naty. "Natita, deja ya el lápiz, que luego hay que bordarlo...". Costura, bordados, crochet, punto... Era tal la versatilidad de esta mujer adelantada a su tiempo, que no había técnica que se le resistiera. No tuvo ninguna dificultad a la hora de trabajar con una máquina de punto, ya moderna en aquel entonces. Esta joya la siguió por las distintas casas en las que vivió, para después descansar durante más de cuarenta años recogida en su maleta. Después de oir hablar tanto de ella no podía ni soñar que yo la haría viajar de nuevo a otro destino.

 Cuando Tía Pilar me la ofreció no dudé ni un momento que la quería, sin tener ni tan siquiera una imagen de lo que estaba aceptando. Al ver la maleta, me impresionó su tamaño. Más de un metro de largo por apenas veinte centímetros guardaban un trocito de historia, de nuestra historia. Nos daba miedo o respeto abrir esos pestillos, y lo hicimos lentamente. 


El interior desconcertaba. A un lado, varios tubos metálicos, piezas y accesorios se distribuían desordenados a lo largo de la maleta. Pero mi interés estaba en un trapo arrugado en un extremo y en una libreta que quedó aprisionada debajo de los tubos.


 En la otra mitad de la maleta, quedaba el verdadero instrumento con el que conseguir perfectas labores de punto, casi a la altura de las industriales. Y aún conservaba la funda de plástico original, que lo preservaba del inevitable deterioro que los años querían hacer sobre este equipo, y que sólo consiguieron actuar sobre la ahora delicada maleta.


 Tía Pilar, conocedora de lo que allí había, cogía con soltura las piezas, las mostraba y las nombraba, mientras yo buscaba ansiosa la letra de abuela en aquella estropeada libreta. 


 En estas circunstancias se hace verdad que todo depende de los ojos con los que lo miras. Mientras otro la tiraría a la basura, yo era capaz de abrazarme a aquella polvorienta maleta, con riesgo de terminar totalmente desaliñada.




 Ya no sabía a qué sentimiento escuchar cuando apareció Tía Pilar con el tan necesario libro de instrucciones, con hojas sueltas en su interior. Y en esas hojas, vuelvo a contener la respiración al recordarlo, se mezclaban la letra de abuela, de Tía Carmen, Tía Pilar... con los datos de las prendas a realizar y los nombres de mis primos mayores, incluso de mi Madre, que lucirían esas prendas. Cuántas tardes de conversación habrán escuchado esos trazos...





 Cada entrada que escribo contando las cosas de casa, recuerdo cuando empecé con este blog y Tía Mari Naty me dijo que iba a escribir la historia de la familia... ¿se puede acertar más?

 Son muchos los que me ven capaz de poner esta máquina en marcha de nuevo. Otra rubia de ojos claros pasando los peines de lado a lado. Sin duda, es un trabajo delicado que hay que estudiar con detenimiento. ¡Prometo intentarlo al menos!

viernes, 21 de abril de 2017

Cestos de mimbre.

 El arte de trenzar mimbre es una de las más antiguas técnicas de manualidades de nuestro país. Junto al modelado del barro, constituye el comercio típico de pequeños núcleos de población, especialmente en el sur de España, donde el clima es más seco y favorece su conservación. Además, por sus propias características, aporta sensación de frescor al ambiente, indispensable en esas latitudes.



 El mimbre proviene de las ramas de un arbusto de la familia de los sauces. En concreto, se trata de Salix viminalis. Así, estas fibras vegetales destacan por su extrema flexibilidad cuando se encuentran verdes y húmedas.

 A pesar de su sencillo final, dar forma al mimbre no resulta fácil. Existe un procedimiento a seguir, durante el cual se humedecen las cañas para conseguir curvarlas sin romperlas.  Una amplia experiencia se refleja en cestos, bandejas, fundas de botellas, lámparas y numerosos muebles.

  Mi primer costurero fue una cesta de mimbre con asa. Quizá por eso también me apasiona el mimbre. Todavía recuerdo el estampado de la tela que forraba su interior. Los Reyes nos trajeron una cesta para mi hermana y otra para mí, con un juego de agujas e hilo azul bebé. Ese hilo no se acababa nunca, hacíamos y deshacíamos, aprendiendo a hacer punto. Era muy pequeña cuando asociaba esa pequeña cesta con las jarras de cristal que forraba en mimbre un cuñado de mi abuela Josefina, en Jerez de La Frontera, para llenar su tiempo una vez jubilado.

 En casa siempre había cestos de mimbre, entre otros usos, para la ropa sucia y para la ropa de plancha. Estaban vestidos con una funda que llenó una tarde de costura para mi Madre. Cuando tuve mi casa hice por tener el mismo paisaje. Puntillas y distintas telas de algodón adornaban el borde de estas fundas confeccionadas en un lienzo moreno que nunca se acababa en casa.

Cesto para la ropa sucia. 

  
Cesto para la ropa de plancha.







  Además de estos cestos, otros objetos de mimbre adornan mi casa, como la papelera del baño, la cesta de las bolsas que me regaló Tía Carmen, varias cestas para el pan, bajoplatos y hasta un arcón en el salón, que ya lo vimos en Casas rojas de Navidad.

 Y en mi taller, guardo los conos de remallar en una cesta que centra su atractivo, además de en la funda hecha por mi Madre, en su peculiar forma.




 Y siempre con la vista puesta en cualquier mimbre que se ponga por delante, como un cesto cuadrado que tiene mi Madre, con una funda también confeccionada por ella.



martes, 18 de abril de 2017

Un año de Blog y 33.000 visitas.

  Ayer hizo un año que empecé a escribir este blog para enseñar los que yo considero mis tesoros; compartiendo mis creaciones de una forma distinta, llegando donde físicamente sería imposible. Intentando explicar cómo lo he hecho, según mi forma de verlo, sin pensar que fuera la correcta o la única, fui regalando ideas para que otros las repitieran. Me convertí en la administradora de un ritual semanal sin intención de desprenderme de este compromiso que con lealtad firmé en el aire, buscando dar lo que no sabía que podía llegar a dar. Los números fueron subiendo, y con ellos gané una sonrisa de satisfacción. 



 Al ir pasando los meses, las opiniones se tornaron en críticas. Mi pasión casi consigue que me abrazara un grillete, pero el síndrome de Estocolmo floreció en mí con tanta furia que siempre negaré que dejé de controlar la situación. Sin anuncios, sin economía. Ni siquiera me planteé buscar una excusa para seguir, y sin saber si las visitas leían o tan sólo veían las fotos.

 Y fue cuando decidí publicitar mi marca en el que llaman el mayor escaparate del mundo, dispuesta a aguantar la lluvia negra más envidiada por las Escrituras. Busqué a las maestras, fuera y dentro de la red, busqué la perfección que siempre he querido para mis trabajos, busqué sólo hablar de hilos, persiguiéndolos con un exagerado instinto felino, y aprender, olvidando los vicios que yo misma había creado y que me impedían, sin saberlo, lograr una labor de museo.

 Esta desmelenada ilusión por cada entrada me ha sido devuelta en más de 33.000 visitas a mi pequeño rincón. Gracias a todos los que habéis venido con curiosidad, que también es felina, y que nos mueve hacia nuestros sueños, y a los que habéis comentado, sobre el papel y en el aire. Aquí sigo, abrazada a mi dedal de plata, mi bandera, junto a la que voy a seguir enseñando todo el material que queda por sacar de los cajones de mi casa.

 ¡Os espero en la siguiente entrada!




viernes, 7 de abril de 2017

Palillos de Bolillos de madera.

 Siendo el encaje de bolillos una habilidad con historia propia, además de conservar el estilo primitivo de los resultados, sería adecuado mantener igualmente el método de elaboración en base a los utensilios empleados, favoreciendo la reproducción fidedigna de los primeros encajes.
 En Palillos para hacer encaje de Bolillos nos centramos en la importancia de estos palillos en la producción de encajes, y en cómo afecta en el resultado el material que los constituye.
 Como encajera de gusto tradicional y en constante aprendizaje, mi elección está influenciada por los elementos de siempre. Por eso, la mayoría de los palillos de bolillos que componen mi costurero son de madera, de diferente procedencia.

 Bolillos artesanales sevillanos en un galletero de cerámica de La Cartuja de Sevilla, algunos pintados a mano por Naty Santigosa.





Palillos de bolillos en madera de olivo, labrados en madera de Boj y lisos en madera de Cerezo.


 Palillos de bolillos en madera de Boj, rectos, en pico o decorados por Naty Santigosa.

Bolillos en madera de Amaranto, de Carmelo Badalona, adquiridos en Hilaturas Sonia Juan. Bolsa de crochet en tres colores tejida por Merche GS.